domingo, 12 de octubre de 2014

CAPÍTULO 26 ANSIEDAD Y CIGARRILLOS

MEMORIAS DE CARSTEN
ANSIEDAD Y CIGARRILLOS

Esa noche era imposible que conciliara el sueño, la idea me atormentaba. Estaba casi cien por ciento seguro que Samir estaba siguiéndome de cerca, tanto que se ensañó con ese pobre hombre. Me sentí completamente culpable, si no hubiera estado cerca de él Samir no lo hubiera matado. Lo peor de todo es pensar que Samir esta suelto en Blast Ville, en alguna parte ¿y si Sam está por aquí también? ¿Si la encuentra? ¡No! ¡No voy a permitirlo! Ese
maldito entrometido no se le acercará ni un centímetro, si no, no sé de lo que soy capaz. Proteger a Sam ha sido mi prioridad desde la primera vez que la vi, y si para tenerla segura es necesario acabar con Yakich, tendré que hacerlo.
Eric llamó a mi puerta.
—¿C, todo bien?
—Sí, déjame solo— respondí mientras me acomodaba en la cama plantado la mirada en el techo.
Eric ignoró mi pedido y entró. Se sentó en la cama dándome las espaldas. Imaginé su rostro preocupado mientras jalaba las mangas de su sudadera hasta cubrirse las manos  como siempre lo hace cuando está incómodo o nervioso.
—Carsten, algo me dice que te sientes culpable por la muerte de ese hombre— dijo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro que es así?
—Te conozco lo suficiente como para saber que no te gusta meter a los humanos en tus asuntos, no te gusta que muera gente inocente.
Eric, le atinó, tal vez me conoce un poco. Me dirigió una mirada rápida por encima del hombro.
—Ese bastardo acabó con la vida de muchos humanos ya. Una cosa son los problemas entre nosotros que al fin y al cabo no somos nada en este mundo, pero meter a los humanos, matarlos, eso es imperdonable.
—Te ayudaré a encontrarlo y nos desharemos de él. La ciudad volverá a estar tranquila.
—Está bien, es bueno contar con tu apoyo— dije sentándome en la cama.
Eric se puso de pie.
—Intenta dormir un poco ahora, descansa Carsten— dijo.
Cerró la puerta a sus espaldas.
Al menos no me sentía tan solo como antes, Eric era una compañía muy útil. De no haber estado aquí, me hubiera vuelto loco con tantas interrogantes yo solo. Tendría que idear un plan para capturar a Samir sin atraer la atención de los humanos.
Me levanté, abrí el cajón de la mesa que llevaba la lámpara, saqué una cajetilla de cigarrillos, busqué un encendedor en mis bolsillos. Prendí un cigarrillo, la primera vez que fumaría, pero me arrepentí. Dejé que el cigarrillo se consumiera dentro de un cenicero mientras mi mente creaba mil planes macabros para deshacerme de Samir.
Recordé que planear la muerte de Serena no fue gran cosa. La muy tonta era capaz de cualquier cosa por complacerme, hasta caer en mi trampa. Aquella noche oscura me dejé llevar por un ataque de adrenalina, aunque Matty me controló un poco. Mis recuerdos estaban dispersos y borrosos sobre cómo fue que la asesinamos, sólo recordaba ver la sangre salpicar por todas partes mientras sus gritos resonaban en el silencio de la noche hasta silenciarse por completo.

El sueño pudo más. Me recosté sobre la cama y me quedé dormido al instante. Por lo general no tengo sueños o  al menos no los recordaba, pero esa noche pasó algo inesperado. Vi a Sam corriendo por una callejuela, jalaba del brazo a un chico rubio, al parecer estaba herido. Ambos escapaban de algo o alguien. Eric me despertó bruscamente.
—¡Carsten! ¡Despierta!— gritó.
Abrí los ojos atacado por el repentino grito de Eric. ¡Maldita pesadilla!
Respiré hondo para calmarme.
El sol entraba por mi ventana iluminando el lugar en tu totalidad casi al punto de dañarme la vista, extrañaba la oscuridad de mi habitación en Whitemount.
Eric me miraba sin decir nada, al parecer esperaba que reaccionara por completo, de pronto se acercó a la ventana  de mi habitación y plantó la mirada en un punto fijo.
 —¿Qué pasa?— pregunté poniéndome de pie.
—Es la policía creo que vienen por ti— dijo.
Un líquido helado recorrió mi cuerpo por las venas. Me asomé a la ventana. Efectivamente, un      agente conversaba con una anciana que señalaba con el dedo las gradas de la entrada del bloque donde queda mi apartamento.
—Maldita vieja, que estará diciendo—  bufó Eric.
Sonreí con un poco de malicia.
—No tenemos miedo, ¡Que vean que estamos aquí! — dije muy fiado de mí.
—Así es, pero ¿Por qué usaste el plural?— preguntó.
—Bueno, dijeron que el asesino era un adolescente ¿No?— dije sonriendo.
Eric me miró lleno de pánico.
—No creerás que soy yo ¿Verdad?— dijo.
Codeé su brazo.
—No, pero es parte de mi plan B— dije.
—Tus planes por lo general me asustan— dijo sin quitar la vista de la patrulla.
—¿De qué hablan?— pregunté refiriéndome a la gente afuera.
—Eso intento saber, no interrumpas— dijo.
Eric tenía una audición muy aguda, podía escuchar hasta el sonido de un alfiler al caer al piso si se concentraba, podía escuchar conversaciones a distancia. Poder que era a veces una molestia más que una utilidad.
—La anciana dice que vio a un chico entrar en este apartamento, al parecer me está describiendo, el policía hace un retrato mío con la descripción que le da la mujer. Espero que sea un buen dibujo—dijo entre risas.
—Morello y su ego nuevamente, ojala te dibuje como monigote— dije en son de broma.
Sonrió.
El agente subió a la patrulla y la anciana regresó a su casa.
—El plan número uno es limpiar nuestra imagen. Esa vieja nos ha hecho mala fama, necesitamos hacer creer que somos los chicos buenos del barrio— dijo.
—¡Estás loco si piensas que me vestiré como un nerd!— dije levantando la voz.
—Tranquilo, no había pensado en eso. Pero no es mala idea.
Lo miré con odio.
Luego de desayunar salimos del apartamento. Tomamos asiento en la entrada al condominio, esperando la oportunidad perfecta para demostrar nuestra "bondad". Eric traía puestos los un par de audífonos enormes, escuchaba música de un pequeño reproductor de mp3, movía sus manos como si estuviera tocando una batería invisible, su pie derecho hacía de bombo, parecía muy concentrado, disfrutaba del momento.
Hace mucho que no tocábamos juntos. Dejé mis guitarras en Whitemount, maldije ese momento, necesitaba hacer música otra vez, era el único escape para mi mente.
Mis pensamientos se esfumaron cuando la anciana apareció cargada con bolsas de compras que le impedían cruzar la calle con rapidez.
—Llegó nuestra oportunidad— le dije a Eric mientras le movía el brazo para sacarlo de su trance musical. Se asustó un poco al reaccionar tan abruptamente, al parecer su mente estaba en pleno concierto. Se quitó los audífonos, puso en pausa la música y me acompañó en dirección a la anciana.
La vieja nos miró asustada.
—¿Podemos ayudarla con sus bolsas señorita?— dijo Eric intentando romper el hielo con la mujer. Casi me echo a reír.
Funcionó. La anciana sonrió.
—Claro que sí, la ayuda de dos jovencitos tan apuestos es siempre bien recibida— dijo mientras entregaba las bolsas a Eric y tomaba mi brazo para apoyarse al andar.
Le di una sonrisa de complicidad a Eric.
—¡Qué tiempos aquellos! La juventud era sana, tranquila, uno podía salir a la calle sin temer por su vida. Y los muchachos eran atentos y muy guapos como ustedes— dijo la anciana cuando la ayudábamos a cruzar la calle. Me invadieron unas ganas tremendas de lanzarla a las llantas del coche que se nos acercaba. Pero me controlé, mis impulsos malvados eran muy fuertes a veces. El coche se nos acercaba a velocidad sin detenerse, la anciana apretó mi brazo con fuerza pero no pudo apurar el paso. Eric se paró de frente hacia el vehículo obligando al conductor a frenar a fondo.
—¡Que te pasa! ¡Quieres morir bajo mis ruedas!— gritó el conductor.
Eric sonrió.
—No creo que tu carcacha pueda contra mí— le dijo
El hombre lo miró con odio.
Eric respondió igual pero con una sonrisa, hizo un gesto con la cabeza y los hombros invitando al tipo a pelearse con él.
—Dejémos que se encargue de ese hombre— le dije a la anciana mientras cruzábamos la pista a espaldas de Eric. 
Llegamos a la puerta de la casa de la anciana. Eric dejó su pelea con el tipo del coche y entregó los paquetes a la mujer.
—¿Ustedes son actores de cine?— preguntó la anciana.
—No— respondí.
—Deberían serlo— dijo la mujer curvando sus arrugados rasgos en una sonrisa a la cual le faltaban varios dientes.
—Bueno, entonces debemos ir a buscar empleo a Hollywood ahora mismo, que tenga un buen día— dijo Eric mientras daba media vuelta.
—Adiós— dije.
—Gracias muchachos,  esperen, no me han dicho sus nombres— dijo ella.
—Eric, para servirle— dijo mi acompañante haciendo una tonta reverencia burlona.
—Carsten— dije levantando mi mano derecha.
—Que lindos nombres muchachos, hacen juego con ustedes, yo soy Daisy.
—Mucho gusto— dijimos a la vez  Eric y yo.
—Bueno Daisy fue un gusto conocerla, tenemos que seguir con nuestra rutina, nos vemos luego— dijo Eric jalándome del brazo.
—Adiós Daisy— dije mientras era casi arrastrado por mi compañero.
Daisy movió su mano derecha frenéticamente en señal de despedida.
Una vez lo suficientemente lejos de ella Eric habló.
—¿Sientes lo mismo que yo?— preguntó.
—¿Asco de tanta bondad?
—¡No! Siento muy cerca a alguien de los nuestros, ¡Puede ser Samir!
¡Maldición! ¿Cómo pude tener la guardia tan baja para no darme cuenta?
Caminamos rápidamente hacia la calle paralela a la que estábamos pero sólo logramos ver un espectro difuminado escapando de nosotros a través de una azotea. Eric iba a seguirlo, lo detuve. No podíamos arriesgarnos a ser vistos saltando azoteas de día.

Esta vez Samir se nos había escapado.  Pero sería la primera y la única vez, me encargaría de acabar con el como lo hice con la odiosa de Serena.

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