domingo, 12 de octubre de 2014

Capítulo 30. Lejana Victoria

LEJANA VICTORIA

El frío viento acariciaba mi rostro intentando hacerme temblar. La noche había caído en Blackmount envolviéndonos en un manto negro que lejos de brindarme un poco de calma me hacía sentir aún más desesperada. En mis manos sostenía una de las tantas ballestas rústicas que nos brindó el director en la mañana, era ligeramente pesada, pero daría mi mayor
esfuerzo por ganar esta batalla a cualquier precio.
El señor Dalton me pidió mil veces que no participara en esto, pero me negué rotundamente. Tenía que defender mi hogar, Blackmount. Quiera o no este lugar alberga a toda la gente que me interesa, no permitiré que les hagan daño así sea lo último que haga.  Tenía miedo, pero sabía que  Carsten estaría cerca en caso lo necesitara.

Más de veinte alumnos de la escuela estaban dispersos formando una línea horizontal  a mi altura. Todos temerosos, empuñando sus ballestas como si su vida dependiera de ello, y sí que lo hacía. No quiero ni imaginar que puede pasar si Whitemount nos gana.
Alonzo, Juanes y un grupo de chicas de segundo año hacían un círculo de sal al perímetro de la escuela, para impedir que los demonios se nos acercaran demasiado. Otros tantos a mi alrededor colocaban cirios para iluminar el campo de batalla, por último un grupo reducido de estudiantes de primer año junto a Gaby tenían listo un ritual de protección para recitarlo ante el enemigo, alguien dijo que eso los detendría.  En la azotea cercana había todo un grupo encargándose de las catapultas y unos viejos y polvorientos cañones que el director rescató del depósito de la escuela.

El cielo oscuro, sin estrellas sería el testigo de la victoria o de la matanza a nuestro ejército de nobles ángeles  que nunca habían estado inmiscuidos en medio de una batalla. Faltaban escasos tres minutos para la medianoche, los chicos comenzaron con el ritual.

Sancte Míchaël Archángele,
defénde nos in prælio,
contra nequítiam et isídas diábolo esto præsídium. Imperet illi Deus,
súpplice deprecámur: tuque, Princeps milítiæ cæléstis, Sátanam aliósque spíritus malígnos,
qui ad merditiónem animárum pervagántur in mundo,
divína virtúte,
in inférnum detrúde.
Amen
Respiré hondo, y alcé la ballesta preparándome para disparar, tal como lo había practicado horas antes junto a Alonzo y el resto de chicos.
A lo lejos divisé a Carsten asegurándose de mi presencia, me miraba por encima de su hombro derecho, luego volvió la mirada al frente para concentrar su atención.
Sentí un enorme pesar, al imaginarlo herido. No, ¡no podría soportarlo, ni pensarlo! Carsten nunca morirá, él es el muy fuerte, estoy convencida de ello. Nunca podrían acabar con él.
A lo lejos las campanas de la torre de Whitemount sonaron dando paso a la medianoche.
—¡Llegó la hora!— rugió Alonzo a lo lejos poniéndonos alerta.
El director se acercó a nosotros.
—Recuerden, no deben utilizar sus alas por favor, no sabemos si algún humano está por aquí viéndonos. Tenemos que cuidarnos. Hagan lo mejor que puedan muchachos, confío en ustedes.
Retomó su posición a lo lejos con una escopeta en mano. Me acerqué a él.
—Señor Dalton, por favor entre a la escuela, nosotros nos encargaremos de esto—  le dije.
—No Samantha, ustedes son mi prioridad, no puedo refugiarme como un cobarde y dejarlos a la merced de esos vándalos.
—Piense en su salud, debido a su edad usted no está en condiciones para enfrentarse a una batalla— agregó la prefecta uniéndose a nuestra conversación.
El director se la pensó dos veces.
—Si le tranquiliza, me haré cargo de todo— dije.
—Tienes razón, Samantha. Cuídate mucho—  dibujó una cruz en mi frente con el dedo índice de la mano derecha, luego dio media vuelta junto a la prefecta, ambos ingresaron a la escuela, subieron a la azotea a ayudar a los chicos de las catapultas.
En el horizonte unas sombras oscuras se acercaban  a velocidad hacia nosotros. ¡Por dios! El ejército de Whitemount nos triplicaba en número, unos diez venían montados en caballos, armados con sus lanzas de jousting. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo por completo. Tras los jinetes venían unos cuantos más armados con hachas, espadas, navajas y demás armas que no alcanzaba a ver claramente.
—Encárguense de los jinetes, nosotros acabaremos con el resto— dijo Matty antes de lanzarse a la batalla.
Saqué la primera flecha del bolso que llevaba al hombro. Lo coloqué con cuidado en su lugar destinado en la ballesta, disparé. Noté rápidamente que nuestras armas no causaban ni el más mínimo impacto en nuestros oponentes, se arrancaban las flechas de la piel cómo si nada.
Una gran idea se me ocurrió.
—Gaby, ¡traigan toda la sal que encuentren en el comedor y algo pegajoso! Y ustedes dejen de gastar las flechas, las volveremos letales— les dije a los que estaban a mi alrededor. Afortunadamente  me hicieron caso.
Gaby no tardó en venir con otros chicos cargando tres sacos enormes de sal y un barril de vidrio mediano lleno de pegamento extra fuerte.
Con mucho cuidado metí la flecha en el pegamento para luego llenarlo de sal.
—¡Gran idea Sam! — dijo uno de los chicos de las ballestas.
Me dispuse a disparar, afortunadamente le dio en la frente a uno de los chicos de Whitemount, este cayó del caballo y empezó a revolcarse de dolor en el piso, el pegamento hacía imposible que pudiera quitárselo de la piel mientras que la sal ardía provocándole una herida profunda.
—¡Funciona!— chilló Gaby.
Todos los chicos continuaron con mi idea. Pronto derrotamos a todos los jinetes, los caballos aturdidos corrían a gran velocidad en medio del resto de guerreros. Quedaban pocos enemigos, ya que los heridos eran retirados del lugar por otros de su bando.
¡Oh no! ¡Problemas! Carsten, y el resto se las estaban pasando muy mal con los tipos armados.
—¡Tenemos que ayudarles!— grité.
—Sam, es muy peligroso. Podemos dispararle sin querer a uno de tus amigos— dijo Gaby.
—Tomaré el riesgo.
No permitiría que Carsten, Matty  o Eric salieran heridos en esta estúpida batalla. Sin miedo y sin medir el nivel de peligro de mis acciones, tomé uno de los sacos de sal, corrí en dirección a ellos y me subí a uno de los caballos sin jinete, el caballo por poco me lanza, pero logré dominarlo, y a toda velocidad llegué a la zona donde estaban librando la batalla Carsten y compañía. Me metí en medio de ellos, el caballo logró dispersarlos un poco, rocié la sal sobre los enemigos, cayeron al suelo retorciéndose de dolor, la sal ardiente sobre su piel quemaba al punto de hacer burbujas. Pero lamentablemente mi ataque no fue del todo perfecto, un poco de sal le cayó encima a Carsten.
—¡Mierda!— rugió mientras apretaba con fuerza su brazo lleno de sal, su piel ardía y pude ver el tejido al rojo vivo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! — chillé desesperada.
¡Maldita mi suerte y mi puntería! ¡Herí a Carsten! ¡Jamás me perdonaría a mí misma por hacerle esto! Eric y Matty se acercaron para auxiliarlo.
—Estará bien— dijo Matty luego de examinar su brazo.
Eric se agachó y tomó del piso una pistola que dejó uno de los enemigos, me la lanzó, la atrapé en el aire.
—Sam, encárgate de ellos—  dijo con una gran sonrisa malévola.

Asentí con la cabeza y cabalgué hacia el lugar donde quedaban los últimos enemigos. Una onda expansiva de adrenalina invadió mi cuerpo, empuñé el arma y disparé sin temor viendo a mis enemigos caer uno a uno. Pero los disparos y los gritos alteraron al caballo y perdí el control de el por completo. Antes de que pudiera hacer algo el caballo me lanzó por el aire, mi cabeza impactó contra algo demasiado duro. La luz se apagó y el silencio absoluto me atrapó. 

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